ESEN
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San Valentín

Tags: cuento

Aquella mañana Cloe se sentía triste. Era San Valentín y pensó que, como cada año desde hacía mucho tiempo, ningún hombre le regalaría rosas; a lo sumo le ofrecerían un pequeño cactus para recordarle los pinchos que aún tenía clavados en el corazón. Para paliar su decaído estado anímico tuvo una idea. Fue al armario, buscó y rebuscó entre sus viejos vestidos aquel rojo tan sexy que se había comprado justo el día que su marido le pidió el divorcio.

Habían pasado diez años, el tiempo necesario para que Cloe cambiara su infelicidad por unos kilitos de más. Cuando comía se evadía de su malestar; las endorfinas le proporcionaban el placer que no había encontrado en otro hombre. Se puso su vestido rojo, se calzó unos buenos tacones, apretó el abdomen para disimular su barriga y se fue a trabajar con la esperanza de que aquel día sería especial.

Entró por la puerta del hospital y se percató de que la miraban de un modo diferente al resto de los días; quizás con más respeto, y alguna que otra envidiosa la repasó de arriba abajo para ver dónde podía encontrar un fallo.

Al llegar al vestuario, abrió la taquilla, sacó su uniforme verde de quirófano, lo dejó encima de la banqueta de madera, agarró por los bajos el vestido rojo y lo fue subiendo poco a poco; pero al llegar al cuello le fue imposible sacárselo por la cabeza. Empezó a tirar con todas sus fuerzas, y cada vez se sentía más cansada, notaba que le empezaba a faltar el aire.

En aquel momento escuchó una voz que venía de muy cerca y le decía:

—Ahora puedes ponerte en mi piel y sentir esa misma sensación de ahogo que me ha acompañado durante diez años, encerrado en tu armario como un prisionero cumpliendo condena. El único delito que cometí fue seducirte para que me compraras, y lo hiciste con mucha ilusión porque te gustaba el color rojo. Me prometiste sacarme a bailar todos los sábados y no cumpliste tu palabra. Y hoy me estás utilizando como un pañuelo para mendigar una triste rosa.

Cloe sintió vergüenza de sí misma y tomó consciencia de que su vestido rojo no tenía la culpa de sus problemas y que no era necesario tener un cuerpo diez para lucir un vestido ceñido y sacarlo a bailar de vez en cuando.

Fue entonces cuando escuchó por megafonía:

—Doctora Cloe, acuda al quirófano número siete.

No se lo podía creer; estaban esperándola para una operación a corazón abierto que salvaría una vida, mientras la suya pendía de un hilo, en las manos de aquel maldito vestido asesino.

Cloe, arrepentida y con voz agónica, le suplicó:

—Por favor, déjame ir, te demostraré que he cambiado.

El vestido rojo recapacitó y respondió:

—Está bien, te voy a soltar, pero tendrás que llevarme puesto al quirófano. Ya sabes cómo me gusta el color rojo, pero nunca he visto un rojo natural como el de la sangre humana.

Cloe recogió su uniforme verde de quirófano, lo guardó en su taquilla y se fue corriendo al quirófano número siete.

Al llegar allí, todo el equipo la estaba esperando y, al verla, con la boca abierta, exclamaron al unísono:

—¡Uauuu!

Su paciente, tumbado en la camilla, extendió su brazo con el gotero y, con una sonrisa en sus labios, le entregó una rosa roja diciendo:

—¡Feliz San Valentín, doctora Cloe, está usted preciosa!

Carlos E.