La Cenicienta
Odio estar donde tú me faltas, cuando tú me faltas. No obstante, soy yo quien siempre se marcha, y tú no puedes seguirme.
Cuando vuelvo y te veo aparecer por el horizonte, tu luz ilumina de nuevo mi corazón, deseando cada día que pasa, que lo que siento por ti no se acabe nunca.
Carmina, ya no puedo vivir sin ver tus bonitos ojos, todo en ti es maravilloso: tu precioso pelo negro y lacio, tu grácil cuerpo, las caricias de tus suaves manos, y tus pies… oh, tus pies!! ¿qué decir de tus pies? Si yo tuviera fuerza para pensar lo que sentí, cuando soñé que acariciaba tus pies, me levantaría y alzaría mi voz para decirte: “Yo, ni siendo príncipe ni rey, clamo al cielo por mi honor, que tuve en mis manos y besé los pies más hermosos que nadie en esta tierra pueda imaginar; tan bellos eran que sufrí sin yo querer, una emoción tal, que el sentido perdí. Al despertar, aún turbado por la dicha, me levanté y vi… con estos mis ojos, a la mujer más bella del mundo.” Esa mujer eres tú… Carmina.
Pdta.: En el camino de la verdad, la comprensión literaria de la existencia encuentra y afronta inevitablemente a su “Alter ego”. Para confrontarme a lo esencial no elijo la teoría, sino la anécdota. En lugar de proceder por conceptos, cuento una historia.
23/12/2018… Te sueño… te deseo Carmina.
Carlos E.