El bello encanto de las relaciones
—El otro día llevé a Sergio a Disneylandia.
—Siii…
—Le daban miedo las atracciones. Menudo palo de chaval. Y a mí me encantan todas las atracciones. Pero él lloraba cada vez que intentaba subirse en alguna.
—Oh, pobrecito.
—¿Cómo que pobrecito? Tiene 10 años, no puede tener miedo a eso.
—Si tiene miedo, tiene miedo.
—No, qué va.
—¿Cómo que «no»?
—Tengo que hacer que se endurezca. No puede ir por la vida teniéndole miedo a todo.
—Sí, pero es natural que en una atracción se asuste. No creo que en la vida haya muchos desafíos que te sacudan hasta que acabas vomitando. Así, harás que Sergio tenga una habilidad que solo usará en Disneylandia. (Sonríe ella.) Le entiendo, yo también las odio.
—¿Te dan miedo?
—Sí, una vez me subí a una noria y grité igual que una niña que acabara de ver una araña en su cama.
—Jajaja… qué bruto… jajaja… estás un poco loco… jajaja.
Siguen paseando por el mercadillo y él, al verla contenta, y dejándose llevar por el momento, le pone el brazo por el hombro.
—Ahí… no.
—Oye…
—Que no…
—Laura…
—¿Qué?
—Laura…
—Vamos, ¿no podemos sólo reírnos y…? ¿Por qué tenemos que ir por «ahí» todo el rato? Mira la cara que se te ha quedado.
—Oye, los dos sabemos…
—No, no… por favor.
—Es que tengo la sensación de que…
—No, no. No quiero verte con la cara deprimida cuando todo acabe. Por favor déjalo así.
—¿Por qué?
—Porque… valoro nuestra amistad. Y vas a romperla.
—¿Por qué dices eso?
—Porque… no haces más que presionarme. Y no quiero ir por ese camino. Terminarás tan mal que querrás dejar de salir conmigo.
—¿Ahora te preocupa que no quiera salir contigo?
—Tío…
—Mira Laura, soy consciente de que no sientes lo mismo que yo. Lo sé, no soy gilipollas. Yo no… está bien, en realidad me gusta cómo están las cosas, en constante estado de agitación. De hecho es mejor que cualquier amor correspondido que jamás haya tenido.
—Ahora sí que me estás deprimiendo.
—No, verás, sólo digo que quiero ser tu amigo. Y no me importa que no haya nada más. Pero ¿puedo decirte sólo una vez lo que siento por ti?
—¿Quieres decírmelo?
—Sí… por favor.
—Bueno, vale, adelante.
—Laura… estoy enamorado de ti.
—Oh Dios… (Tapándose los ojos.)
—¡Sí!, es así de grave. Pero me pareces preciosa.
—Oh no… por favor.
—Cállate. Déjame decírtelo… déjame.
—…
—Mirarte a la cara o incluso pensar en ti me hace polvo. Me gusta cómo me tratas, que seas tan divertida y… que te metas conmigo, te ríes de mí, eres auténtica.
Ella cruza sus brazos mirándole sorprendida, mientras él sigue.
—Me falta tiempo en el día para pensar en ti lo suficiente. Necesitaría vivir mil años para tener un único pensamiento: que estoy loco por ti.
—Marcos… (Le dice con ojos dulces.)
—No quiero, de verdad que no… Laura. Ya no pienso en otras mujeres. Ahora sólo pienso en ti. La otra noche soñé que tú y yo íbamos en un tren. Estábamos en un tren y tú me cogías la mano. Me cogías la mano. Me desperté y no entendía que no fuera real. Estoy enfermo de amor por ti. Es como una enfermedad. Siento que voy a morir si no estoy contigo. Así que voy a morir. No me importa porque creo que vine a este mundo a conocerte… y eso es suficiente. La idea de que tú puedas sentir lo mismo es egoísta. Joder… lo estoy haciendo fatal.
—No, qué va.
—¿Ah, no?
—No, lo has hecho muy bien… es una joya. Buen trabajo… es muy bonito.
—¿Hay algún planeta, algún lugar en el que tú pudieras sentir lo mismo? ¿Es posible que tengas un fragmento de una fracción de esos sentimientos?
—Yo…
—No.
—Sí… no…
—No.
—Sí… no…
—Ya… no.
—Pero ha sido precioso. Me has hecho sentir muy bien.
—Genial, oye. Qué alegría.
—Ha sido muy…
—¿No viene nada en otra dirección?
—Lo siento.
—Ni siquiera…
—Lo siento.
—Nada.
—No… lo siento, pero ha sido muy bonito.
—Vale.
—Muy bonito.
—Sí… bueno…
—Y si continuamos paseando por aquí muy… incómodamente.
—Claro, sigamos.
—Tengo que hacer la compra. ¿Me acompañas?
—Sí, como quieras.
—Oye, ten cuidado.
—Vale.
Llegan a casa de Laura.
—Perdona, está muy desordenado.
—Tranquila. ¿Dónde te dejo esto?
—Ahí está perfecto. Gracias.
—¿Dónde está Sergio? (Pregunta mientras ella abre el grifo de la bañera.)
—¿Eh?
—¿Que dónde está Sergio?
—Se queda a dormir en casa de un amigo después del fútbol.
—Muy bien.
—¿Quieres beber algo? ¿Quieres darte un baño? ¿Tienes hambre?
—Estoy un poco cansado.
—Ah… vale. Bueno, si quieres…
—Creo que lo mejor será que me vaya.
—Oh… de acuerdo… vale.
—Hasta luego…
—Ah, sí, claro… hasta luego. Oye, ha sido…
—Ya, nos vemos…
—Sí, sí, vale…
—Adéu…
—Adéu…
Ella vuelve al baño y cierra el grifo. Riiing… Riiing…
—¿Sí?
—Hola.
—Hola Marcos.
—¿Me has preguntado si quería bañarme?
—Sí.
—¿Querías decir contigo?
—Sí, eso mismo.
—¿Querías darte un baño conmigo?
—Fue un impulso, así que…
—Así que fue un impulso…
—Sí.
—Yo tuve otro, cuando abrías el grifo de la bañera, yo ponía el vino blanco en la nevera.
—Espérame, que vuelvo a abrir el grifo, y luego te reñiré.
Marcos entra y espera a Laura.
—El grifo de la bañera ya está abierto, Marcos. Prepárate.
Él se acerca a ella y le dice:
—Bésame y dime que me quieres… ¡cariño!
—¡¡Claro… amor!! Prepárate.
—Preparado, Laura, para sentir tus manos.
Chiin… chiin.
Dedicado a Carmina, la mujer que tiene la voz más bonita y especial de todas las voces.
Cuando vuelvo a diálisis y te veo aparecer por el horizonte, tu luz ilumina de nuevo mi corazón, deseando cada día que lo que siento por ti no se acabe nunca.
Carmina, ya no puedo vivir sin ver tus bonitos ojos. Todo en ti es maravilloso: tu precioso pelo, tu grácil cuerpo, las caricias que doy a tus brazos cuando te acercas, y tus manos… ¡Oh, tus manos! Qué decir de tus manos.
Si yo tuviera fuerza suficiente para pensar en lo que sentí, cuando soñé que acariciaba tus manos, me levantaría y alzaría mi voz para decirte:
«Yo, ni siendo príncipe ni rey, clamo al cielo por mi honor, que tuve delante de mí y besé las manos más hermosas que nadie en esta tierra pueda imaginar. Tan bellas eran que sufrí, sin yo querer, una emoción tal que el sentido perdí. Al despertar, aún turbado por la dicha, me levanté y vi… con estos mis ojos, a la chica más bonita del mundo.»
Carlos. 27/12/2018
Pdta.: En mis escritos no hay límites entre lo ordinario y lo extraordinario. Todo existe al mismo tiempo. Los límites son una creación mental.