Hospital, hace 33 años
¿Podría usted explicarme qué ha hecho con mi hijo?
Debido a mi falta de experiencia me sentí un poco inseguro, intenté balbucear algunas palabras pero, la verdad es que no sabía qué decirle; estaba como absorto, me quedé mirándola sin saber de qué me estaba hablando, por mi mente pasaron un montón de cosas terribles que podía haber hecho sin tener la más mínima idea. Ahí estábamos los dos en mitad del pasillo de la tercera planta del hospital, ¡en mitad de la nada! De pronto me di cuenta de que estaba rodeado de enfermeras, médicos, pacientes y familiares que habían venido a visitar a sus seres queridos, que como yo estaban ingresados intentando recuperarse. Sus miradas acusadoras me hicieron querer desaparecer, no sabía dónde meterme, quería correr pero mis piernas no me respondían; cada segundo que pasaba la situación se tornaba más agobiante. Yo miraba a esa pobre señora, la madre de David, un chaval de apenas 7 años, que hasta hacía apenas una semana compartíamos pasillo en el hospital.
Cada mañana —después de desayunar— me venía a buscar a mi habitación con la intención de dar nuestro clásico paseo matutino por el hospital, para visitar a los enfermos que no podían andar o estaban peor que nosotros, que eran la mayoría. Cuando entrábamos en las habitaciones, sobre todo las de las viejecitas, a David se le iluminaba la cara al ver las miradas de alegría que provocaba su presencia; ¡era fascinante! Las animaba con su sola presencia y ellas le decían lo guapo que era y que iba a tener muchas novias; él sonreía con picardía y contestaba que ya tenía muchas y que eran todas muy guapas.
Cuando volvíamos a nuestras habitaciones —la suya enfrente de la mía—, David aprovechaba para contarme cosas de su vida, sus amigos, del cole, de su madre… sobre todo de su madre, que la quería mucho, pero que desde que se fue su papá, él no se atrevía a decírselo porque siempre estaba triste; apenas le hablaba para no molestarla… no sabía qué decirle. Yo oía en silencio sin interrumpirle para que no se perdiera «la magia», hasta que de repente volví a la realidad.
—Verá —me explicó su madre—, antes de que mi hijo viniese aquí, yo no le importaba para nada, pero ahora me quiere. Yo sólo quería saber cómo lo ha conseguido.
Pdta.: Historia verídica. Me rompí el brazo, me ingresaron, y conocí a David, un diablillo. El resto es ficción.
CARLOS.