ESEN
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En la playa soleada

Tags: cuento

¿Qué validez le queda a un acto de escritura si éste no procede del dominio creciente del creador? No es legítimo el escribir desde la escucha de una voz que dicta. Pero Carlos acaso sólo creará también al escuchar esa voz… la voz de su Musa.

La visita de la Musa le dará inspiración, es como un relámpago de homogénea y segura luz, que ilumina una oscuridad anterior. Entonces la historia soñada al fin desciende desde un cielo imaginativo hacia el papel. La historia soñada, ahora real, es la que Carlos presenta complacido a su Musa.

Pero ahora le reprochan los críticos su lentitud, la afectada intimidad de su guión. Carlos es un presuntuoso, dicen. Se cree un nuevo Shakespeare, cuando su verdadera labor debería ser agasajar al público con un momento de distensión.

Carlos no quiere… no acepta a esos críticos, él cree que todo lo que escribe debe girar alrededor de lo que ocurre en su mente.

El castigo al escritor-artista rebelde es marginarle para que sea un sujeto inaceptado, un individuo sin lugar en el arte aceptado, el de la imposición popular. El castigo final es para que se vaya, fuera de la competencia.

Pero él, cansado de todo, se irá hacia otro lugar… su lugar. El desplazamiento es consumado por un recuerdo visual, por un primer plano de una gran roca en la playa sobre la que se rompen las olas. Esa imagen precedió antes de la llegada a su Hotel. El mar, el día, el cielo, lo expansivo.

A ese lugar se llega luego de atravesar la profundidad horrorosa de los sectarios. Carlos emerge de esta pesadilla y ahora la roca y el mar no son una referencia aislada sino que son el inicio de la llegada hacia su lugar.

La proximidad del mar, del agua, de lo líquido, es remisión ancestral a una aproximación a lo original, a algo primario e inconsciente… Antes, dentro de su habitación del hotel, el único cuadro que había le pareció una ventana abierta hacia alguna parte; era la imagen de una bella joven en la playa, que oteaba la distancia de la roca que rompía las olas del mar. Ahora el escritor camina dentro de esa imagen; se suprime la distancia entre lo real y la fantasía, entre el sueño y lo posible. El artista que avanza dentro de una imagen simbólica ya no vive en lo que se representa, sino en la experiencia cercana a algo más auténtico, a una presencia de intensidad radiante.

Carlos camina dentro de la imagen-playa, con una maleta, ve la roca, se sienta en la arena y la espera.

Carlos admira la belleza de la mujer que se acerca, y cuya grácil figura es abrazada por la clara calidez del sol diurno. La mujer repara en su presencia como testigo, como visitante. Admirado ante la solitaria caminante de la playa, Carlos le pregunta: «¿Cómo te llamas?». —Anna— ¡Claro! —Eres mi Musa—.

—¿Es tu maleta? —pregunta su Musa—. ¡Sí! —contesta Carlos—. ¿Qué llevas dentro? No lo sé.

—Anna, Musa mía, por favor. Dime… ¿cuál es nuestro destino?

El destino de la presencia de la belleza femenina no es alimentar el entretenimiento. Su posible rol es otro, es indicar un sitio, un lugar… La mujer examina y luego contempla la distancia, la lejanía, como la mujer que atisba el inmenso cielo estrellado.

Entonces tu nueva Musa mira hacia el mar, hacia lo abierto, hacia la rica y, a su vez, cercana lejanía. Seguramente el lugar, el único lugar donde tú, Carlos, el escritor-artista, podrá respirar y escribir en libertad…

CARLOS. 06/10/2019