Amor al cine
Es un día como otro cualquiera y Carlos está intentando escribir un guión para una película que quiere realizar su mujer Anna, pero no hay forma de que le salga nada que le guste; lleva toda la tarde con la inspiración por los suelos, nunca mejor dicho, ya que tiene toda su habitación llena de papeles arrugados de ideas vacías. ¿Qué hacer?, se pregunta. De repente, después de un trago de whisky, recuerda que Anna está leyendo un libro.
—Cariño…
—¿Sí, Carlos?
—No sé qué hacer con tus clones… Estoy aquí, escribiendo el guión, y no se me ocurre qué demonios poner.
—Escúchame, Carlos. No importa. No importa nada. ¿Clones? No importa. ¿Zombies? No importa. ¿Guión? No importa. ¿Coherencia interna? No importa, amor. ¿Diálogos inteligentes? Tampoco importa. ¿Respecto a la saga de videojuegos? Nunca ha importado. ¿Respeto a la realidad, a las dimensiones físicas? Recuerdas la caja de zombies infinitos, Carlos.
Sí, claro, cómo olvidarlos.
Pues no importa. Nada de esto importa.
—¿Entonces…?
—¿Me quieres, Carlos?
—Claro, Anna, ya sabes que te quiero.
—Pues eso es todo. Si me amas, el mundo entero puede irse al carajo. Y ahora, ven a la cama.
—Pero Anna… Mañana empieza el rodaje y no sé aún de qué va la película.
—No te preocupes, cariño, irá de lo que han ido todas. De tu amor hacia mí, tu amor que hace que todo lo demás no importe, un amor violento, salvaje, lleno de golpes, de zombies absurdos, de malos absurdos, un amor sacado del sueño y la pesadilla. Un amor psicotrópico, Carlos.
—Ya, tienes razón, Anna… cariño.
—Lo sé, amor. Y ahora, vamos.
Y fruto de ese amor, surgió «La película».
Para una mujer especial.
Carlos. 22/11/2019