ESEN
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Vanesa

Tags: personal

Escribir sobre Vanesa me da miedo. Auténtico pavor. He valorado largamente la opción de mantener la inapelable sentencia que encabeza este texto, y dejar el resto del contenido en blanco. Porque —y esto es un aviso— quien no haya conocido a Vanesa como yo, jamás comprenderá la extraordinaria dificultad de dar con calificativos que, remotamente, describan la grandeza de esta mujer y del universo en el cual se maneja. Y aún sabiendo que todo lo que pueda torpemente decir sólo empequeñecerá la verdadera dimensión de Vanesa… lo diré. Porque no tiene sentido lo que aquí hago, hablar de ella, dedicar mi tiempo, sin otorgarle el sentido que verdaderamente le corresponde: el trono de todas las mujeres. Quien la ha visto, quien la conoce como yo la conozco, sabe que esta mujer juega en otra liga.

Aún a riesgo de pecar de comprensión, diré que el vértigo que me inunda a la hora de interpretar a Vanesa está más que justificado. Vanesa es realista, casi naturalista, pero está muy lejos de ser contemplativa. Vanesa es la vida… ya lo he dicho: me deleita, me distrae, me intriga, me cabrea, me divierte, me violenta, me engancha y sobre todo, me hiere. En ella hay algo roto… como en cada uno de nosotros.

Disculpen el atrevimiento, pero después de conocer a Vanesa hay algo que cambia en ti para siempre. Muchas cosas, en realidad. Es la mujer que te hará mirar —reconozcámoslo— a casi todas las que vendrán después por encima del hombro.

Cuando digo que Vanesa es la mujer más milimétricamente perfecta jamás creada, no estoy discurriendo por el resbaladizo terreno de los gustos. Lo suyo va más allá. Si hay algo que deja claro Vanesa es que no piensa hacer concesiones de ninguna clase. Ni dulcificaciones, ni simplificaciones. Su vida es la realidad cruda… a bocados: que se joda al que no le guste. Y así es. No hay ficción al uso, ni concesiones a la galería: lo suyo es realismo puro y duro. Pero narrado con clarividencia. Y no me cabeceen los descreídos: ninguno de los elogios es inmerecido.

Y la muestra —por citar sólo una— de que Vanesa no quiere moldear la realidad para que cupiera en la “pantalla” de cada uno, es su lenguaje, un lenguaje absolutamente impenetrable, pero comprensible. “Esa es parte de su esencia”.

De esta manera la seducción es inevitable.

Para Vanesa, “la más mejor”, de su paciente y amigo.

Carlos