Los zapatos de mi padre
Para Moon. Mi gran desconocida.
Un día le pedí a mi madre, pocos días antes de irse. Devuéldeme los zapatos de mi padre y déjame caminar con ellos. ¿Para qué los necesitas? —me dijo ella—.
Los necesito para cuando la lluvia caiga en el campo de huesos y rosas.
Toma estas botas hijo —me dijo— que brillan como la plata de “Judas”. Gracias madre —respondí— así podré ir y caminar en el futuro por todos estos tristes reflejos de caminos perdidos e intransitados que todavía no conozco.
Ya no será lo mismo ir a diálisis, ya no podré ir con la misma ilusión. No se puede ser normal y vivo a la vez; sentiré que la vida pasa rápido como las montañas de un paisaje.
Ninguna persona preocupada por su equilibrio debería ir más allá de un grado de lucidez y análisis.
He acabado siendo un hombre fatigado. Querer ser libre es querer ser uno mismo, pero yo, ya estoy harto de ser uno mismo, de caminar en lo incierto, de errar a través de las verdades, de vuelta de la paradoja y la provocación en busca de la impersonalidad y la rutina, maduro para lo tópico renuncio de la singularidad. Ya no tengo nada que derribar, más que a mí mismo: último ídolo para combatir… Mis propias enfermedades me atraen.
Llegado a los confines del análisis, aterrado de la nada que allí descubro, vuelvo sobre mis pasos e intento agarrarme a la primera certidumbre que pasa; pero me falta ingenuidad para adherirme a ella plenamente; a partir de ahora ya no soy más que un teórico, un pensador híbrido.
A partir de ahora cuando no estés con nosotros, en mi momento más difícil cerraré los ojos, oiré El Mesías de Haendel y te veré como de verdad eres… Un sueño.
Me gusta sentir y oler el papel. Te quiero Moon.
Carlos